El inicio de 2026 encuentra a México en una posición clave dentro del engranaje económico de Norteamérica. La revisión programada del T-MEC, un entorno global marcado por mayor proteccionismo y la reconfiguración de las cadenas de suministro, obligan a repensar la competitividad regional.
En este contexto, la movilidad, la logística y la infraestructura tecnológica se consolidan como variables estratégicas para sostener el crecimiento económico y preservar la integración comercial con Estados Unidos y Canadá. Hacia finales de 2025, las exportaciones mexicanas mantuvieron un ritmo sólido, impulsadas principalmente por el sector no petrolero y por la demanda manufacturera de Norteamérica. Así, México se mantiene como el principal socio comercial de Estados Unidos, mientras que el comercio con Canadá continúa en expansión.
Este dinamismo no es coyuntural, responde a una reconfiguración estructural de cadenas productivas que ha colocado al país como el principal hub industrial y logístico del bloque. Mientras tanto, el fenómeno del nearshoring redefinió el mapa productivo desde la entrada en vigor del T-MEC. Sectores como el automotriz, electrónico, dispositivos médicos y manufactura avanzada fortalecieron su presencia en el norte y el Bajío, incrementando la presión sobre los sistemas de transporte, cruces fronterizos y plataformas logísticas.
La frontera México–Estados Unidos se ha consolidado como el corredor comercial más activo del mundo, con un intercambio de mercancías que se estima en cerca de un millón de dólares por minuto, reflejo de la profundidad de la integración productiva y logística entre ambas economías.
Nuevos y viejos desafíos
Sin embargo, el arranque de 2026 también exhibe desafíos claros. La inversión asociada al nearshoring mostró señales de moderación durante 2025, afectada por la incertidumbre arancelaria y por impulsos del reshoring en Estados Unidos. A esto se suman cuellos de botella históricos en la infraestructura fronteriza.
Cruces como Laredo–Nuevo Laredo, Nogales, Reynosa o Matamoros concentran gran parte del tránsito comercial y registran retrasos que elevan costos y reducen eficiencia. Modernizar estos puntos críticos será determinante para sostener la competitividad regional.
La logística, además, atraviesa una transformación profunda impulsada por la tecnología. La digitalización de las cadenas de suministro, el uso de inteligencia artificial, la analítica predictiva y las plataformas de trazabilidad en tiempo real ya no son ventajas marginales, sino condiciones mínimas para competir.
La inclusión en índices ESG, la certificación de procesos de cumplimiento y la profesionalización de los consejos de administración muestran cómo la logística se alinea con estándares internacionales, condición cada vez más relevante para acceder a financiamiento y participar en cadenas globales de valor. De cara a 2026, el reto para México no se limita a atraer inversión, sino a consolidar lo ya ganado.
La estabilidad macroeconómica, un tipo de cambio competitivo y la cercanía geográfica siguen siendo ventajas claras, pero pueden erosionarse sin inversión sostenida en infraestructura, energía, seguridad y capital humano.
La revisión del T-MEC será una prueba de coordinación política y económica entre los tres países. Su resultado tendrá implicaciones directas para la logística, el comercio y la movilidad, de acuerdo con expertos del sector.
En su opinión, 2026 abre una etapa clave para definir la posición de México dentro del mercado norteamericano, en la que la capacidad para modernizar la infraestructura fronteriza, acelerar la adopción tecnológica y consolidar modelos logísticos sostenibles será determinante.
En este entorno, el sector logístico mexicano, con empresas que ya operan bajo esquemas tecnológicos y con altos estándares, se perfila como un componente estratégico para sostener la integración productiva regional, responder a las exigencias del comercio transfronterizo y fortalecer la competitividad del país en el nuevo ciclo económico de Norteamérica.
Los clientes exigen visibilidad total, rapidez, seguridad y flexibilidad, mientras que las empresas enfrentan presión constante para optimizar costos y reducir riesgos operativos.
En paralelo, la sostenibilidad deja de ser un componente reputacional para convertirse en un factor económico. El transporte genera cerca de una cuarta parte de las emisiones de carbono en México, lo que coloca al sector bajo un escrutinio creciente de inversionistas, clientes y reguladores.
La transición hacia energías limpias, el uso de combustibles alternativos y la medición de impactos ambientales forman parte de una nueva ecuación de competitividad en Norteamérica, especialmente frente a empresas internacionales que operan bajo estándares ESG estrictos.
Adaptación
Dentro de este panorama, algunas compañías ilustran cómo el sector se adapta al nuevo ciclo.
TRAXIÓN, por ejemplo, refleja la evolución del transporte tradicional hacia un modelo logístico integral, apoyado en tecnología y gobernanza corporativa. Su operación combina logística y tecnología, movilidad de carga y movilidad de personas, lo que permite cubrir distintos eslabones de la cadena de suministro en un entorno cada vez más integrado.
La relevancia de este tipo de modelos no radica en el tamaño, sino en la lógica estratégica que representan. La integración de plataformas digitales, el uso de inteligencia artificial para optimizar rutas, costos y capacidades, así como la oferta de soluciones puerta a puerta, responden directamente a las exigencias del comercio transfronterizo moderno.
Asimismo, la adopción de criterios ambientales, sociales y de gobernanza refleja una tendencia más amplia en el sector.













