Cuando se dé el silbatazo inicial de la Copa del Mundo, el campeonato captará la atención de una audiencia global estimada por la FIFA en seis mil millones de espectadores, lo que se traducirá en ingresos multimillonarios para este organismo. Más allá de la pasión y el desempeño deportivo de la selección nacional, conviene formular una pregunta: ¿qué espera México de este Mundial y cuál será su legado?
Aunque en el país solo se jugarán 13 de los 104 partidos, se espera la llegada de más de cinco millones de visitantes, según la Secretaría de Turismo. Por su parte, la Concanaco-Servytur proyecta una derrama económica cercana a los 65 mil millones de pesos en los sectores de hospedaje, alimentos y comercio.
Firmas como Deloitte elevan las expectativas de derrama a los cuatro mil 500 millones de dólares, con la probabilidad de que el 65% de los turistas internacionales decidan regresar al país en los próximos cinco años.
Ese flujo, aunado a la creación de miles de empleos temporales y la reactivación del consumo interno, le podría dar un impulso urgente al crecimiento económico nacional. Instituciones financieras han calculado este beneficio en el Producto Interno Bruto (PIB): Banamex prevé un avance de 0.1 punto porcentual, Monex lo sitúa entre 0.2 y 0.3 puntos, mientras que BBVA estima un impacto de 0.3 puntos.
De consolidarse estas proyecciones, el Gobierno Federal contará con los argumentos para defender la decisión de renunciar a la recaudación de millones de pesos mediante las exenciones fiscales (IVA, ISR, contribuciones locales, etc.) otorgadas a la FIFA, a sus subsidiarias, confederaciones, prestadores de servicios y emisoras oficiales, de acuerdo a lo establecido en la “Resolución Miscelánea Fiscal para 2026”.
La Garantía Gubernamental de esos beneficios se firmó durante la administración de Enrique Peña Nieto con una vigencia de diez años (2018-2028). Sin embargo, el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum logró acotarla a un año (2026), exención que no se dio en Canadá y Estados Unidos. Como bien puntualizó en Forbes el socio del Colegio de Contadores Públicos, Alberto Morales Zaldívar: México apostó su ficha fiscal porque carecía de infraestructura de primer nivel.
Para vencer ese déficit estructural, se le destinó a la capital del país un presupuesto aproximado de 30 mil millones de pesos para la modernización urbana y de conectividad, distribuidos en proyectos clave como:
- Remodelación del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM), donde se han ejercido seis mil 500 millones de pesos y cuya primera etapa se entregó el pasado 30 de mayo.
- Mantenimiento y renovación de estaciones del Metro, principalmente de la línea 2, por dos mil 463 millones de pesos, cuyas obras continúan.
- Modernización del Tren Ligero “El Ajolote” con una inversión de 2 mil 387 millones de pesos, inaugurado el 11 de mayo.
- Mejora de los sistemas de agua y drenaje de la capital por siete mil millones de pesos.
- Y 84 millones de pesos dirigidos a labores de balizamiento y señalética vial.
No obstante, el tamaño del reto ha terminado por desnudar las históricas deficiencias operativas, de movilidad y de servicios públicos que estrangulan a la Ciudad de México. En su mayoría, las intervenciones gubernamentales resultaron ser superficiales y de imagen; y su ejecución apresurada podría comprometer la calidad de los materiales y la seguridad de los usuarios.
Los acontecimientos registrados en semanas recientes han alimentado este debate, entre ellos se encuentran:
- Colapsos prematuros: el martes 2 de junio, a escasos días de entregada la remodelación del AICM se registró el desprendimiento de la techumbre en una de las salidas vehiculares de la Terminal 1. Este lunes 8, se abrió un socavón en la rampa de acceso vehicular a la Terminal 2.
- Obras inconclusas: mientras las cuadrillas trabajan a marchas forzadas en la Línea 2 del Metro sin una fecha clara de conclusión, el pasado domingo se inauguró una calzada peatonal elevada vinculada a esta línea con un costo de dos mil 105 millones de pesos, a pesar de no estar terminada.
- Fallas operativas: el servicio del modernizado Tren Ligero “El Ajolote” tuvo que ser suspendido el 1 de junio por la ruptura de un cable eléctrico, obligando a los pasajeros a evacuar y caminar sobre las vías.
- Crisis hidráulica: pese a la millonaria inversión, en mayo se registraron dos macrofugas de agua en las alcaldías Iztapalapa y Xochimilco. Paralelamente, las recientes lluvias han colapsado el drenaje e inundado arterias fundamentales como Viaducto y Río Churubusco que conectan al aeropuerto.
- Errores técnicos: el balizamiento de vialidades fue pintado de color morado, violando las normas técnicas oficiales de tránsito internacional. La semana pasada, el titular de la Secretaría de Obras y Servicios de la CDMX reconoció el error por lo que se están pintando de nueva cuenta.
Estos hechos obligan a reflexionar sobre la capacidad institucional para convertir una oportunidad internacional en una mejora tangible para la calidad de vida de los mexicanos. El riesgo no es únicamente financiero, es la imagen de una de las ciudades más grandes del mundo.
La organización de un evento de esta magnitud representa una prueba para las autoridades de gobierno. Si la movilidad funciona, los servicios públicos responden adecuadamente y las obras cumplen con los estándares esperados, México proyectará una imagen de eficiencia y modernidad; pero si persisten las deficiencias operativas, la conversación internacional podría concentrarse en aquello que durante décadas ha limitado la competitividad urbana de la capital.
Al concluir la efervescencia mundialista vendrá el recuento y evaluación de los resultados. Entonces será posible medir con precisión si las inversiones realizadas generaron beneficios permanentes o si sus efectos fueron esencialmente temporales.
Ese será el legado del Mundial, la capacidad de México para transformar recursos públicos en infraestructura útil, servicios más eficientes y mejores condiciones de vida para los mexicanos.









