El orden mundial se tambalea, las grandes potencias desafían cada vez con mayor intensidad la soberanía de las naciones, buscando un nuevo equilibrio geopolítico que privilegie la supremacía económica y la seguridad por encima de la libertad y la autodeterminación de los países. En este escenario México necesita mantenerse unido y fortalecerse para hacer frente a las amenazas globales.
Hoy se disputa el control de las rutas marítimas, los mercados, los recursos estratégicos como las tierras raras, el litio, el cobalto, esenciales para el desarrollo tecnológico; el uranio, el petróleo, el gas, solo por mencionar algunos.
Haciendo uso de la fuerza económica, política o militar, las potencias buscan imponer sus designios y defender sus intereses. En este contexto no hay aliados ideológicos solo estratégicos, por lo que México está en riesgo, primero por su posición geográfica, de mercado y de recursos, y segundo por los problemas internos que no ha logrado resolver y que lo colocan en un estado de vulnerabilidad.
Nuestro país no puede resistir ni hacer frente a los peligros del orden mundial cuando está dividido y confrontado, cuando la crítica se interpreta como amenaza, la protesta como manipulación y la tragedia como botín político, el tejido institucional se erosiona y la confianza social se pierde.
México no puede defender su soberanía cuando está lastimado y atemorizado por la delincuencia organizada, cuando amplios sectores viven con miedo; cuando está engañado y estafado por quienes utilizan sus cargos públicos para enriquecerse con impunidad y cuando la ley no se aplica a todos.
La fortaleza de un Estado no reside en discursos ideológicos ni en narrativas emocionales, sino en la unidad efectiva de sus instituciones y ciudadanos, por ello es urgente romper el ostracismo político y social que envuelve a nuestro país.
Los Poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial deben de abandonar los mensajes de odio y resentimiento, porque la polarización solo garantiza estancamiento. Desde sus respectivos ámbitos de competencia deben de privilegiar el diálogo, la conciliación y el consenso para construir acuerdos entre todas las fuerzas políticas, económicas y sociales que permitan cohesionar a todo el país, porque lo que está en juego no es un proyecto de poder sino el futuro de la nación.
Quienes ocupan un cargo público deben asumir su responsabilidad y liderazgo, con altura de miras, hacer a un lado la indiferencia y la mentira, y dedicarse a construir instituciones sólidas capaces de resolver los problemas de un pueblo que demanda vivir en paz, con libertad, justicia y certidumbre.
Es momento de tomar decisiones firmes. Combatir la delincuencia organizada y la corrupción no puede seguir siendo un discurso, se debe aplicar la ley a quienes han hecho de esas prácticas su estilo de vida operando con impunidad, porque la soberanía se pierde cuando el Estado no ejerce su autoridad y permite que los grupos criminales ocupen ese espacio.
Priorizar los intereses nacionales debe ser una constante, México necesita de un marco jurídico sólido que garantice derechos, genere certidumbre y fortalezca el Estado de Derecho. Solo así será posible recuperar la confianza ciudadana y sentar las bases de un desarrollo sostenido.
Es tiempo de cerrar filas y asumir la responsabilidad histórica que exige este tiempo. México puede y debe reconstruirse desde la unidad, para revertir la erosión institucional y social que ha marcado los últimos años y hacer frente a las presiones del exterior.
La popularidad es frágil y siempre pasajera, cuando se agota, la sociedad deja de creer y transforma aquello que se vuelve insostenible. No hará falta una amenaza extranjera para provocar ese cambio, bastará con que la ciudadanía ejerza su soberanía, con conciencia y determinación, a través del voto.














