Festivales. Introduje el tetrasílabo en el buscador y visité unos seis sitios; dos eran enciclopedias. Contrasté opiniones de pensadores, fijándome en qué aspectos convergían, e indagué en los textos que trataban de sus orígenes; busqué su objetivo y dividí para evitar ambigüedades. ¿El festival es identidad? Pregunta que quise comprender sociológicamente; entenderlo como un todo o por sus partes. Me obsesioné porque quería esbozar la verdadera definición. Lo que encontré fue algo similar, en un principio, a esto:
«Un festival es una circunstancia ideada por una comunidad más o menos homogénea. El festival tiene un tema: necesita contexto. El objetivo realmente es conglomerar comunidades, habitantes de una ciudad o región para alabar, enriquecer e interactuar con una o más expresiones artísticas. La más importante finalidad de un festival es enarbolarse a sí: exponer al expectante ajeno la riqueza de ésta. En ocasiones, más allá delo artístico, el tema de un festival es el festejo o celebración de un símbolo o artista común, efeméride, un personaje histórico local, un santo religioso patrono u otros motivos congéneres.»¹
El concepto del festival es famoso en todo el orbe, pero el concepto en sí no responde cabalmente a quién le sirve o qué es y qué no es un festival. Si el objetivo de este texto es dudar del festival para entenderlo —diferenciarlo de la fiesta, la feria o el carnaval—, no podemos hacerlo por su definición. Y cuando uno no entiende al dios, es mejor comprender a su creación. En el caso del festival, iremos de lo general a lo particular. Primero sus implicaciones, pero una implicación puede ser cualquier cosa y por tanto desvariar en cualquier dirección. Uno entonces se las figura como viajeras. Lo primero que nos preguntamos acerca de cualquier viajero es su destino. La tesis es simple (en este caso, el final de ese rumbo es un público): ¿A quién están dirigidos los festivales? 
Dejemos de lado el resto del mundo, veamos los festivales en México. Un país con tan rica cultura y múltiples expresiones sería el parámetro idóneo para buscar respuestas.
Un festival busca invitar, apreciar y reinventar ante el mundo lo que en ellos es expuesto. El Festival Cultural Revueltas, el Festival Internacional Cervantino, los festivales de Cine y del Órgano en Morelia, los diversos festivales de Música, los del Arte, el Festival de Literatura y Poesía, y el Festival de Jazz poseen una característica compartida: sus nombres contienen un sustantivo común escrito con la primera letra en mayúscula ( Jazz, Cine, Órgano) para hacer énfasis en lo que claramente busca exponer cada festival. Por eso considero mentira decir que la invitación a un festival está dirigida a todos.
Los organizadores de cualquiera de los mencionados crearon y tienen claro todavía que su interés es el de velar a favor de la dinámica de un gremio o de una minoría. Sería más preciso decir: «Un festival es una coyuntura que lleva a cabo un gremio para interactuar artísticamente con los suyos. Son dirigidos a la minoría que entiende el objeto alrededor del cual se reúne. Además de expresiones artísticas, no olvidemos que el objeto puede ser un símbolo o un personaje».
La razón por la cual este mensaje puede perder nitidez se debe a la necedad neoliberal de sus agentes difusores, quienes buscando divulgar la invitación para acaparar al mayor público posible, pretenden, entre ellos, hallar a sus verdaderos adeptos. Vamos bien, pero decir que esto es lo único cierto sería otra mentira.
Una comunidad que se entiende y enriquece —por ejemplo, los afines al jazz— por fuerza requiere más adeptos para subsistir. Incluso aquellos grupos selectivos —que no quieren crecer— necesitan atraer más adeptos, pues un número cero de miembros mataría a la comunidad. Suena obvio pero no es tan sencillo estructurarlo como razonamiento. Por unos instantes salgamos de comunidades artísticas y definamos comunidades por estrato geodésico o social. Situémonos en una ciudad o pueblo que organiza un festival alrededor de un personaje, un patrono, santo o efeméride local: abundan en México.
Un festival puede ser una excusa de denominación bajo el cual un conglomerado de distintas fiestas se celebran, o un culto de cierta idolatría. La incógnita aquí es que bien un festival de cine y uno de —digamos— naranjas, serían únicamente distintos en que uno de ellos agrupa una corriente artística y en el otro bien podremos lanzarnos naranjas y ya está.
Lo interesante es que ninguna de las dos ideas anteriores importa porque ambas son correctas. Tampoco importa si la celebración resulta hermética, por suscripción o límite de cupo, o si se consigue que un millón de visitantes foráneos acuda, como es el caso del Festival Internacional Cervantino.
Fortalezcamos esta idea añadiendo el tema de la identidad que, por definición lingüística, tiene una dualidad interesante. Primero existe en sí, es intrínseca del elemento y sus condiciones. Además, a veces un conjunto de identidades definen a otra identidad. En la raza humana sucede esto todo el tiempo. En segundo lugar, la identidad tiene que ser reconocida porque existe un segundo objeto que la reconoce o contra el que se compara, distanciándose, y asume la diferencia. Entonces, intentaremos seguir complementando nuestra propia definición agregando que «un festival existe para resaltar a una comunidad, enaltecer su identidad y acaso promocionarse con ésta».
En México estamos muy orgullosos de nuestra mexicanidad. Suena redundante pues no somos el único país orgulloso lleno de ciudadanos orgullosos de su nacionalidad. Es cierto que la nuestra es una mezcla de amor satírico, un «este pinche país», pero al final tenemos la mejor excusa: te criticamos porque te queremos.
Somos mexicanos de hueso colorado, que porque no hay nación con gente tan bonita y cálida, algunos simplemente dicen «mexicanos, al chile».
No obstante, no somos solamente mexicanos orgullosos como un unidad total. Pese a que lo somos para con nuestros extranjeros, existen niveles internos donde siempre somos partícipes de vigorosas competencias. Citemos algunas: los fanáticos de las Chivas contra los del América; en la Ciudad de México, los satelucos contra los coapeños —sugiero echar ojo a la historia de esta rivalidad—; en Veracruz y Chiapas, la autoría de la marimba, pese a que ésta sea de Guatemala, y en Oaxaca y Puebla, la misma disputa por el mole.
El mexicano siempre se define dos veces, una como parte de una región, pero siempre hay otra como mexicano orgulloso. Lo último lo menciono porque, por ejemplo, en España la identidad regional es tan fuerte que a través de su historia ha generado movimientos secesionistas. En México, nunca de tal magnitud. Sin embargo hay regios, muchos otros tipos de norteños, duranguenses que se distinguen a leguas y chilangos (o capitalinos) con el acento cantadito, costeños que son muy diferentes en Acapulco y en Baja California a pesar de no estar tan lejos por mar, entre tantos otros. Una vez conocí a un tipo de edad avanzada que odiaba las botas que utilizaba pero soportaba menos la idea de no parecer de rancho como se manda en su pueblo sonorense.