Leer nunca había sido tan fácil… ni tan desafiante.
En la era de la conectividad y la inmediatez, nuestros hábitos de lectura han cambiado de forma radical. La digitalización ha multiplicado el acceso a la información e impulsado la lectura en pantalla.
Hoy, buena parte de los contenidos que consumimos circulan en formatos digitales, lo que redefine no solo qué leemos, sino cómo lo hacemos.
En México, esta transformación es evidente. De acuerdo con el Módulo sobre Lectura (MOLEC) 2025 del INEGI, el 57.8% de la población lectora mayor de 12 años utiliza internet como medio de lectura, ya sea a través de páginas web, blogs, foros o dispositivos especializados.
Las ventajas de la lectura digital son claras: acceso inmediato a libros y artículos, capacidad de almacenamiento ilimitada, posibilidad de personalizar la tipografía y regular la iluminación de la pantalla para mayor visión y menor costo en comparación con el formato impreso. Además, permite interactuar con el contenido y acceder a múltiples fuentes en segundos.
Sin embargo, este entorno también plantea nuevos desafíos. El lector digital no solo consume información: debe saber buscarla, evaluarla y organizarla. La lectura en pantalla suele darse en entornos saturados de estímulos como las notificaciones, los hipervínculos, la multitarea, que favorecen una navegación rápida, pero no necesariamente profunda.
Diversas investigaciones han señalado diferencias en la forma en que procesamos la información según el soporte.
La lectura en papel favorece la concentración sostenida y la comprensión profunda, en parte porque reduce distracciones y permite una relación más lineal con el texto. En contraste, la lectura digital suele asociarse con patrones de escaneo, en los que el lector selecciona fragmentos, visualiza imágenes y gráficos en lugar de recorrer el contenido de manera continua.
Este contraste resulta especialmente relevante en niños y adolescentes. Organismos como la OCDE señala que las prácticas de lectura profunda, asociadas al papel, tienden a obtener mejores resultados en comprensión lectora y, por ende, en los estudios.
A ello se suman factores físicos y emocionales. El uso prolongado de pantallas puede generar fatiga visual y afectar los ciclos de sueño, mientras que la lectura en papel suele vincularse con experiencias más pausadas, que favorecen la concentración y la reducción del estrés.
No obstante, plantear esta discusión como una división sería simplificar el problema. La lectura en pantalla no es, por sí misma, superficial, su impacto depende del contexto, la intención y los hábitos del lector.
Más que elegir entre uno u otro formato, el reto está en aprender a utilizarlos de manera estratégica. La lectura en papel puede ser especialmente útil para procesos que requieren análisis, reflexión y concentración prolongada.
Mientras que la lectura digital, en cambio, resulta insustituible para la consulta rápida, la actualización constante y el acceso a información ilimitada.
En un entorno donde la información es abundante, formar lectores críticos es más importante que nunca.
Para padres de familia y maestros, el objetivo no debería ser privilegiar un formato sobre otro, sino fomentar el hábito de la lectura en todas sus formas, acompañado de habilidades que permitan comprender, analizar y cuestionar lo que se lee.
Porque, al final, el verdadero desafío no está en el soporte, sino en la calidad de nuestra atención.












