“Como el ajolote, nuestra ciudad tiene mil caras. Se transforma todos los días y resiste imparable, en el vibrante y diverso mosaico de los millones que la habitamos…”. Estas fueron las palabras de la jefa de Gobierno de la Ciudad de México (CDMX), Clara Brugada, durante la inauguración de las unidades renovadas del Tren Ligero El Ajolote, el pasado 11 de mayo.
Cuánta razón tiene. Una de esas “caras” es la que representa la alcaldía Iztapalapa, fiel reflejo de una crisis de desabasto de agua que las administraciones nunca han logrado resolver. Esa demarcación ha tenido que “resistir imparable” durante décadas, subsistiendo entre la escasez crónica y el tandeo.
Es el resultado de años de indolencia por parte de las autoridades, dejando a un mosaico de iztapalapenses sin otra opción que “vibrar” de frustración y enojo al ver afectadas su higiene, salud y economía. Un claro ejemplo de esa realidad ocurrió el pasado miércoles 13 de mayo, cuando se suspendió el servicio de agua potable por cuatro días tras la fractura de un tubo de la red de distribución, lo que detonó en una megafuga.
De acuerdo con el director de Servicios Urbanos de Iztapalapa, Alfonso González, por cerca de 90 minutos se desperdiciaron más de 3 millones 600 mil litros de agua; la fuerza del torrente ocasionó daños en viviendas, comercios y automóviles, eso sin cuantificar el elevado costo que representó ese volumen perdido para la ciudad.
En cuanto a las personas afectadas, fue precisamente la alcaldesa Aleida Alavez quien señaló que el impacto alcanzó a 800 mil, es decir, casi la mitad de la población de esa demarcación o cerca del 9% del total de habitantes de la CDMX.
Respecto a la fuga, la Secretaría de Gestión Integral del Agua (SEGIAGUA) informó que la fractura se debió al desgaste del sistema hidráulico que suma 60 años en operación. El incidente puso de manifiesto la falta de planeación, inversión, mantenimiento y renovación de la red capitalina, cuyas tuberías, que funcionan desde 1966 y que cumplieron con su ciclo de vida, se siguen utilizando con los riesgos que ello representa: pérdida en fugas.
Así, la Ciudad de México exhibe diariamente sus múltiples “caras”, en cada calle, colonia y alcaldía.
Con el inicio de la temporada de lluvias, el riesgo de sufrir inundaciones crece. El sistema de drenaje, inaugurado en 1975, ya no responde a las necesidades de la metrópoli. Cada año se registran anegaciones en viviendas y comercios, interrupciones en el transporte público y afectaciones a miles de automovilistas. Toda vez que nuestra capital aún no cuenta con el Plan Maestro de Manejo Hidráulico que debió presentarse desde 2022 y que tendría que priorizar la atención al drenaje profundo y la modernización de la red.
Hay una pérdida de competitividad urbana porque los problemas en la CDMX abundan. Hoy es rehén de manifestaciones y bloqueos, está secuestrada por horas de intenso tráfico, acosada por las intermitencias y fallas constantes del Metro y por la falta de más y mejores alternativas de movilidad. Paralelamente, quienes conducen por la ciudad deben sortear el evidente deterioro de calles y avenidas, con baches y socavones que dañan el patrimonio de familias y empresas.
Sin embargo, la agenda pública sugiere que estas urgencias pueden esperar. El esfuerzo institucional parece concentrado en transformar la imagen urbana ante el inminente inicio del Mundial de fútbol: presupuestos y recursos se destinan a pintar de morado y rosa las bardas, puentes, pasos a desnivel e intersecciones viales, ignorando los colores oficiales señalados por las normas para garantizar la seguridad vial de millones de peatones, ciclistas y automovilistas.
Como bien afirma la jefa de Gobierno: “… Como el ajolote, nuestra ciudad tiene mil caras…”, que ninguna capa de pintura podrá ocultar y cuya vulnerabilidad es la que millones de capitalinos ven, padecen y sufren.
La infraestructura, exige planeación, inversión y ejecución estructural urgente, porque cuando el silbatazo final del Mundial retumbe y los reflectores se apaguen, los visitantes se habrán marchado, pero las tuberías y el drenaje, con décadas de antigüedad, seguirán rompiéndose y colapsándose bajo los pies de quienes habitamos esta ciudad.














