Las palabras por sí solas, no eliminan las desigualdades, sin embargo pueden abrir el camino para reconocerlas, visualizarlas y transformarlas, por que una sociedad que nombra a todas las personas es una sociedad que tiene mayores oportunidades y posibilidad de incluirlas.
Cuando pensamos en salud, solemos imaginar hospitales, medicamentos, consultas médicas o campañas de prevención, y con menos frecuencia pensamos en las palabras, sin embargo, la forma en que nombramos a las personas y describimos sus experiencias influye en la manera en que entendemos la realidad y, en consecuencia, en cómo diseñamos las políticas públicas, generamos información y brindamos servicios.
Por lo tanto, las palabras que utilizamos en nuestro lenguaje moldean la manera en al que percibimos y comunicamos la realidad, en el ámbito de la salud, se promueve el uso del lenguaje incluyente, para visibilizar las diversidades y para garantizar el acceso a los servicios de salud.
El lenguaje incluyente no consiste únicamente en sustituir palabras o incorporar nuevas expresiones, se trata de comunicar con precisión, reconocer la diversidad de las personas y evitar expresiones que reproduzcan estereotipos, invisibilicen o excluyan, en este sentido, el lenguaje es una herramienta que permite hacer visibles realidades que durante mucho tiempo permanecieron al margen de la conversación pública.
En el ámbito de la salud, esta tarea adquiere una relevancia particular, las personas no viven las mismas condiciones ni enfrentan los mismos obstáculos para ejercer su derecho a la salud, factores como el género, la edad, la discapacidad, el origen étnico, la orientación sexual, la identidad de género o las condiciones socioeconómicas influyen en las oportunidades de acceso, atención y bienestar, reconocer estas diferencias comienza, muchas veces, por la manera en que las nombramos.
El uso del lenguaje incluyente también contribuye a mejorar la calidad de la información, cuando los registros, diagnósticos y sistemas de información consideran categorías claras y respetuosas de la diversidad, es posible identificar brechas y desigualdades que de otro modo permanecen invisibles, contar con datos más precisos permite diseñar políticas y estrategias más efectivas, orientadas a quienes enfrentan mayores barreras.
Por ello, promover el lenguaje incluyente no es un ejercicio meramente lingüístico, es una práctica que fortalece la capacidad institucional para comprender mejor las necesidades de la población y responder a ellas de manera más efectiva y pertinente.
El lenguaje incluyente debería ser un componente integral de las políticas públicas en salud, cuando las instituciones utilizan un lenguaje incluyente que refleja la diversidad de la población, envían también un mensaje de respeto y pertenencia, lo cual contribuye a diseñar intervenciones más efectivas y orientadas a quienes enfrentan mayores barreras para ejercer su derecho a la salud.
Al incluir directrices claras sobre el uso del lenguaje incluyente en las estrategias de comunicación, las personas pueden identificarse en los servicios, en las campañas informativas y en los programas públicos, fortaleciendo así el vínculo de confianza entre la ciudadanía y las instituciones.
En una sociedad tan diversa como la mexicana, incluir también significa nombrar, y nombrar con respeto, precisión y reconocimiento es una forma concreta de avanzar hacia una atención a la salud más humana, más cercana y más justa para todas las personas.
El uso del lenguaje incluyente por tanto tiene un impacto directo con la calidad de los servicios de salud, es responsabilidad de quienes brindamos estos servicios trabajar para garantizar que el lenguaje que utilizamos sea un reflejo de la diversidad y la dignidad de cada persona, solo así podremos avanzar hacia un futuro en el que todas las personas tengan acceso a la atención que merecen.
Mtra. Teresa Ramos Arreola
Directora General del Centro Nacional de Equidad de Género, Salud Sexual y Reproductiva










